LO PÚBLICO Y LO PRIVADO

 

Una puerta a la esperanza de que vivamos algo distinto

Cuando al final de la década de los 80, el colapso económico provocó la caída de los regímenes del denominado bloque socialista, y cuando Ronald Reagan y Margaret Tatcher imponían sus tesis neoliberales, y se afianzaban ante la opinión pública mundial como líderes de países triunfadores tanto en lo político, como en lo económico y lo militar, con fáciles victorias sobre débiles supuestos enemigos (invasión de Granada, bombardeo de Libia, Malvinas), un nuevo dogma pareció imponerse en todo el orbe: la deificación de los privado y la anatemización de lo público. Y al amparo de este dogma, todo lo público entró bajo sospecha, y todo lo privado fue santificado; los Estados comenzaron a vender sus empresas públicas (no sólo por servir al dogma, sino porque también percibián enormes cantidades de dinero con los que atender sus presupuestos) y desde las instituciones señeras de América y Europa se comenzaba a legislar cada vez más claramente contra un sector público progresivamente debilitado y vilipendiado.

Aunque lo que podríamos llamar sector comercial e industrial ya ha sido completamente privatizado, todavía quedan buenas partes de tarta para postre del festín; aunque aquí toca actuar con prudencia, pues se trata de sectores para los que la opinión pública es muy sensible, como ocurre con la sanidad y las pensiones.

La sanidad universal, que bien mirado es lo único comunista que existe en Occidente (y no funciona tan mal), es algo que está empezando a dejar de ser sagrado; no hace falta derogarla por Decreto, basta con matarla por inanición, provocando que los más pudientes se vayan a la sanidad privada en busca de eludir las listas de espera, las colas, y las demás consecuencias de los recortes presupuestarios.

Con el sistema de pensiones, ocurre que todas las mañanas viene el lobo a avisarnos de que peligra; y cada vez que viene el lobo, son más los incautos que caen en esa especie de timo que son los planes de pensiones privados (cualquiera que tenga un plan de pensiones, que mire cuánto le ha rentado el dinero que lleva puesto en los últimos diez años, por ejemplo, y después piense que ese dinero lo tiene a plazo fijo hasta los 65 años, y después que se mire al espejo a ver la cara de tonto que se le ha quedado).

Con esos fondos de pensiones, constituidos con dineros que no rentan, las personas que los manejan, que precisamente no son Hermanitas de la Caridad, ni hay forma humana de controlarlas desde un punto de vista político, colaboran con los verdaderos señores de esta sociedad en comprar las empresas públicas que antes eran de todos y que ahora son de unos pocos que no la han comprado con su dinero, sino con el nuestro.

Además, el tiempo se ha encargado de demostrar que lo santo no lo era tanto; la deificación de lo privado ha  dado lugar a enormes y gigantescos abusos que han sumido a buena parte del mundo en una profunda crisis económica y social, pero que casualmente no afecta a los más poderosos sino que, todo lo contrario, aprovechan la misma para ir reforzándose en su posición de dominio económico y social. Así, y sólo por cotar un caso paradigmático, mientras de miles y miles de trabajadores se van al paro y pierden sus viviendas, los bancos se convierten en los mayores propietarios inmobiliarios del planeta, al tiempo que los Estados corren a socorrerlos para dotarlos de la líquidez necesaria para hacer frente a estas adquisiciones/expoliaciones.

Pero bien, hay que reconocer que tampoco el sistema de las economías socialistas funcionó. La economía estatalizada se vuelve ineficiente y no sirve a los intereses genereles del país. Y el último ejemplo lo tenemos en Cuba, donde en estos días, el Congreso del Partido Comunista Cubano se plantea esta cuestión, como la llave de la supervivencia de la isla o, por lo menos del régimen socialista.

Entonces, ¿qué hacer?, ¿cómo resolver esta especie de cuadratura del círculo donde ni lo público ni lo privado parecen ser buenos?

Pues yo creo que la solución podría estar precisamente en considerar buenos tanto a lo público como a lo privado, pero en su justa medida y poniendo a cada cosa en su sitio.

Así, no sólo desde un punto de vista económico sino también moral, entiendo que lo que pagamos todos debe ser de todos; y eso ocurre por ejemplo con la sanidad, con la  energía y con las telecomunicaciones. Llegados a este punto, y antes de seguir, conviene también romper el mito de la propiedad de estas empresas. Los grandes capitalistas que dominan los Consejos de Administración de las mismas, por regla general, lo son porque las han adqurido con dinero ajeno; de todos nosotros; y no son dueños de las empresas en el sentido de que tenemos los simples mortales de la palabra “dueño”, sino que sólo las dominan, aprovechando la atomización del accionariado de las mismas, les basta con controlar (ni siquiera poseer) una mínima parte del capital para controlar sus órganos de gobierno. Es decir, que ni siquiera se cumple el mito del capitalismo de que han puesto un capital al que tienen que obtener una rentabilidad.  Y en cuanto a inversiones, ocurre lo mismo; no se trata, como les ocurre a los pequeños autónomos, de que arriesguen un capital propio, y por ello obtengan una ganancia legítima, se trata de que pongamos nosotros el capital y ellos obtengan las ganancias. Pensemos por ejemplo en las eléctricas; estas empresas (y los pequeños promotores y contratistas de obras lo saben muy bien) ni siquiera arriesgan el dinero propio, sino que si necesitas electricidad, tú debes pagarte con tu dinero la inversión necesaria para que después ellos te la vendan; en fin es como aquel viejo dicho de tener que pagar la cama…

Con las grandes instalaciones, tipo centrales eléctricas, no sé cómo ocurrirá, pero me temo que ocurra igual. Y si no ocurre igual, pues da lo mismo, como la financiación a través del consumo está asegurada, sus propios bancos le prestan el dinero que saben que recobrarán seguro, y además nos meterán en la factura los intereses generados por esos préstamos.

Por tanto, ninguna inmoralidad hay en que lo que ha sido adquirido con el dinero de todos vuelva a la propiedad de todos.

Y no se nos hable de que con la empresa privada hay competencia y con la pública no. A pesar de los “paripés” montados para aparentar la existencia de libre competencia entre ellas o entre las compañías de telecomunicaciones, no hay que ser un lince para darse cuenta de que lo que existe es un mercado repartido entre varios monopolios (aunque parezca un contrasentido) ¿o alguien puede pensarse que los grandes capitalistas que dominan estas entidades, que suman sólo unas decenas, no han caído en la tentación de sentarse a repartirse la tarta?

Otra afirmación de carácter general que procede hacer es la de que no puede haber una economía especulativa en manos privadas. La única economía aceptable es la productiva; y por ello el sector financiero no puede ser jamás privado. La banca y entidades afines debe estar al servicio de la economía productiva y no al revés. La banca tiene que ser pública porque público es el fin al que sirve: el desarrollo de la economía productiva.

Y sin ánimo de ser exhaustivos, porque de lo que se trata es de marcar una filosofía y no una lista de empresas a expropiar, esa es más o menos la idea de lo que debería ser, como mínimo, público.

Lo privado debe ser fundamentalmente para la economía productiva; pero huyendo del sistema monopolístico de producción. Si hay en las economías occidentales una figura social que nunca será lo suficientemente encomiada, por los sacrificios que asume y por los servicios que presta a su país, es la de lo pequeños y medianos empresarios; esos que, al contrario que los grandes capitalistas, arriesgan sus casas y todo su patrimonio familiar en defensa de sus empresas  y de los puestos de trabajo que hay en las mismas; los que desarrollan las más variadas iniciativas para crear nuevas empresas y que antes que hacer un ERE o como se le quiera llamar en cada momento, agotan todas las posibilidades de evitarlo.

Esa aportación a la sociedad de los pequeños y medianos empresarios no debe ser desaprovechada sino protegida; ellos contribuyen al fomento de la riqueza del país y aunque jurídicamente puedan ser considerados capitalistas, en realidad no lo son; suelen pertenecer al mismo estrato sociológico que sus trabajadores y además trabajan tanto o más que sus propios trabajadores. Ellos no pueden ser considerados como capitalistas explotadores, sino como valiosos elementos para el desarrollo de las sociedades avanzadas.

Y además de reconocerlos, habrá que protegerlos frente a las grandes multinacionales, mediante medidas legislativas y de fomento económico (por ejemplo, mediante legislaciones que no pongan a los pequeños a los pies de las grandes empresas, para evitar la desaparición del pequeño comercio tal y como se conocía, o fomentando la unión funcional de los pequeños empresarios para convertirlos en grandes, como ocurre con las cooperativas agrarias).

En fin, que no se trata de dogmatigmos trasnochados (ni para lo uno ni para lo otro); se trata de ser prácticos, y  sobre todo de que nos dejen contar milongas de una puñetera vez; que lo público no es un monstruo devorador de recursos, sino un elemento eficaz de reparto de la riqueza social, democráticamente controlado, ni lo privado es la panacea que resuelve todos los males, sino el lugar donde muchos malos encuentran su panacea. Y las dos cosas, lo público y lo privad0, tienen su sitio en el espacio.

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