LA DEMOCRACIA DE LAS CARTAS MARCADAS

 Uno de los fundamentos básicos de lo que debiera ser una verdadera democracia es la de que, como en el juego del póquer, todos tengamos las mismas oportunidades de jugar, y que las reglas del juego funcionen de la misma manera para todos los jugadores. Y si apuramos, en lo que podríamos llamar  “democracias avanzadas”, ese principio debería quebrarse siempre a favor de los menos favorecidos, de los más desamparados, de manera que por el hecho de serlo a lo mejor necesitan más apoyo que otros más afortunados para poder estar en las mismas condiciones de jugar. Así, no es muy difícil de entender que por muy inteligente que sea un niño de etnia gitana, actualmente tiene muchisimas menos oportunidades reales de ir a la Universidad que un hijo de familia burguesa, aunque éste sea menos inteligente. Y creo que también será fácil encontrar consenso en la idea de que para que el niño de etnia gitana pueda ir a la Universidad, a lo mejor no basta sólo con darle una beca, sino que en muchisimas ocasiones sería necesaria una actuación positiva por parte de los poderes públicos que tendría que ser de muy especial intensidad.

Pues bien, sentada esta premisa de que la democracia, para ser tal, necesita de una efectiva igualdad de oportunidades, entiendo que basta analizar con algo de detenimiento  los sistemas políticos que vivimos como democracia y podremos encontrarnos con que en realidad lo que estamos viviendo es un puro espejismo de democracia, o como tengo escrito en otra parte de este blog, estamos jugando una partida de cartas en la que nuestro compañero de mesa tiene las cartas marcadas y nosotros no lo sabemos. Y además, ese compañero de mesa es tan inteligente que nos deja ir ganando de vez en cuando para que no nos demos cuenta de la trampa y no terminemos haciendo como hacían los vaqueros de las películas cuando se daban cuenta de que el tahur de turno les estaba haciendo la pirula.      

 Tramposos los hay de muy variada índole, pero tengo identificados a dos grupos que son tremendamente perniciosos y corrosivos desde el punto de vista político y desde el punto de vista social.

 Uno de estos grupos está compuesto por los demagogos. Se trata de personas que practican un discurso que se caracteriza porque dicen lo que al cuerpo social le resulta amable escuchar, aunque no se tenga reparos en mentir o en disfrazar la verdad. Para los demagogos la verdad y la mentira son valores relativos y puramente instrumentales; de lo que se trata es conseguir el favor popular; y una vez que se obtenga ese favor popular, pues tampoco es tan difícil mantenerlo a base de más demagogia.

 El problema es que, como no se repara en daños, los daños pueden llegar a ser muy importantes: no importa negar la crisis si con ello gano unas elecciones, porque al electorado no le gusta escuchar que las cosas van a ir mal, sino que les gusta creer que van a ir bien; no les importa clamar contra la subida de impuestos, si con ello se va a ganar unas elecciones, porque cuando se ganen las elecciones y haya que subir los impuestos, se le echa la culpa a los que estuvieron antes y asunto resuelto; no importa echarle la culpa de la incapacidad propia para gobernar al resto de España, aunque se rompa España, si con ello se logra uno perpetuar como un caudillo barato de un terruño para cuyos habitantes es más amable escuchar que llevan  décadas dando limosnas a España o sometidos a su esclavitud que oir que de lo que se trata es de ir a un cambio social muy profundo de la mano solidaria de todos los pueblos de España, de Europa y en definitiva de toda la sociedad mundial; o, por ir a la madre de todos los males actuales, es más amable para el pueblo alemán escuchar que ellos están alimentando a los habitantes del resto de Europa, que somos unos inútiles o unos vividores, que decirles que tienen que subirse al carro de la solidaridad porque esa es la forma de que crezcamos todos

            El producto de esta demagogia es que las elecciones se conviertan cada vez más en una especie de subasta imposible; se ofrece el oro, el moro el cristiano y el judio, y si el de frente dice que va a dar dos, pues no queda más remedio que ofrecer cuatro, y así en una especie de espiral diabólica que termina destruyendo cualquier atisbo de racionalidad.

      El problema es que contra el demagogo es muy difícil luchar: Lo mismo que es imposible que el jugador honrado le gane al que tiene las cartas marcadas, también lo es para el político honrado que, por ejemplo, sabe que tiene que subir los impuestos, pero  se tiene que enfrentar a la promesa del rival de que no sólo no va a subirlos, sino que va a bajarlos. O aquel que se tiene que enfrentar al rival que promete la construcción de un aeropuerto, porque sabe que no va a tener viajeros.

             Se trata de casos reales, que pueden extrapolarse a la vida local, y aquí no me quiero extender por razones obvias, pero cualquiera de nosotros puede identificar un nutrido grupo de ejemplos, en los que queda claro que el demagogo tiene la partida ganada de antemano. Y el problema no está tanto en que gane o deje de ganar unas elecciones, sino en el daño que produce. Y por citar un ejemplo actual pero en el que nadie cercano se sienta aludido, vayan los casos de Cataluña y Alemania, y repárese en el daño social tan tremendo que ambos supuestos han producido y seguirán produciendo en España y en Europa.

            El otro grupo de tramposos lo encontramos en los medios de comunicación. Hoy por hoy es tremendamente difícil encontrar un medio de comunicación que no responda a unos intereses económicos muy definidos. Y los que hemos tenido ocasión de estar cerca de algunos de ellos, comprobamos que responden antes al interés empresarial de sus dueños que al interés al que debían servir, que no es otro que el de ofrecer una información veraz y objetiva. No ha mucho que alguno de estos medios imponía hasta prácticas de índole mafiosa: “si quieres que no hable mal de ti, paga tu impuesto revolucionario en concepto de anuncio, publireportaje, promoción o lo que se ocurra en cualquier momento.” Y se quedaban tan campantes.

             Yo sé que los periodistas, que suelen tener un corporativismo fuera de lo normal (por lo menos en público), suelen saltar como si se les apretara un resorte cuando se toca este tema. Pero todos los que hemos estado cerca de este fenómeno sabemos que es verdad: y todos sabemos que se han mantenido periódicos, radios y televisiones que perdían dinero sólo porque servían a los intereses empresariales de sus dueños; intereses ajenos a los propios del periodismo.

            En estas circunstancias, la población de buena fe; la que no tiene porqué estár a la defensiva cuando se le habla desde las tribunas o desde los medios de comunicación, está completamente indefensa. Y su voto es un voto falseado, porque es un voto desinformado. Y encima se le hace creer que cumple con un deber democrático yendo a votar.

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            Además, cuando se formulan estas críticas, existe la respuesta mágica con la que creen que dialécticamente te tapan la boca, y evocando a Churchill te largan aquello de que la democracia, con todos sus defectos, es el menos malo de los sistemas. Y claro, toca resignarse con un mal sistema porque teóricamente no existe otro mejor.

        Pues no, cada voto emitido bajo la influencia de la demagogia o de una estrategia de deformación de la opinión pública desde los medios de comunicación es un voto tan falseado como aquel que se emitía a cambio de unas  monedas que daba el cacique de turno el día de las elecciones. Y si la democracia es el menos malo de los sistemas, no por ello deja de ser malo. Y por lo menos yo prefiero romper la baraja y abandonar la partida antes de que me time un tahur.

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Una respuesta a LA DEMOCRACIA DE LAS CARTAS MARCADAS

  1. inmaculada oliva dijo:

    Brillante

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